viernes, 25 de noviembre de 2011

Un cuento chino



“Un cuento chino” es una película argentina de cuya presencia en la cartelera pocos deben haberse enterado. Son las reglas del negocio del cine en el Perú: las películas que escapan al perfil de “Crepúsculo: amanecer, parte 1” están condenadas a la clandestinidad, a la ausencia de publicidad, a un estreno desairado.

Lástima, porque “Un cuento chino”, de Sebastián Borensztein, es una cinta apreciable. Tiene el aspecto de una fábula construida en torno al personaje de Roberto, que encarna Ricardo Darín, un ferretero misántropo, solitario, malhumorado, que pasa sus interminables días coleccionando las noticias absurdas que aparecen en los diarios de todo el mundo. Anécdotas bizarras que –según él- son la prueba fehaciente de la carencia de sentido de la vida. El personaje evoca aquellos que encarnaba Nino Manfredi en el cine italiano de los años sesenta: terco y obstinado en sus manías pero con algún flanco débil a punto de quedar expuesto. Es el sujeto impenetrable al que, un día, le alcanza lo inesperado o, acaso, lo que está programado por un azaroso destino: un joven chino, maltratado y perdido en Buenos Aires, se cruza de modo casual en su camino. Empieza una extraña historia de convivencia, acaso forzada, acaso voluntaria, tal vez indispensable para él y su vida futura.

El mérito de la película es saber mover los hilos de una historia que se afilia a toda una tradición genérica de la comedia, la de la pareja dispar, obligada a permanecer unida aunque la circunstancia resulte insoportable y la incomunicación se imponga. La situación hilarante, por eso, adquiere por momentos el acento de lo enojoso e incluso de lo angustioso. En paralelo, se dibuja el entorno del pequeño barrio y se traza el retrato de los clientes de la ferretería y de la paciente vecina enamorada de Roberto, redondeándose un clima de discreto costumbrismo. De pronto, se apuntan episodios fantásticos, escenas imaginarias y situaciones grotescas que no siempre se resuelven con gracia o corrección. O la comedia se airea con episodios de humor físico e incluso burlesco, como ocurre en las secuencias de la comisaria y de la Embajada de la China Popular.

Y en el centro de todo está Ricardo Darín. La cámara lo registra hasta en sus mínimos gestos y estallidos de furia y lo muestra contemplando el derrumbe de sus rutinas. Lo escuchamos murmurando, soltando interjecciones, refunfuñando. Los usos del lenguaje le sirven de poco; sus fobias le impiden la comunicación amical y amorosa. Los mejores momentos de la película son los que presentan al actor ejercitando el arte del humor impávido. Es decir, afrontando con seriedad lo más ridículo y asistiendo, con gesto imperturbable, a lo que puede resultar delirante o extravagante.

La película se debilita cuando la fábula acentúa su costado didáctico y se insinúan lecciones sobre la tolerancia, el respeto a las diferencias culturales y la aceptación del “otro”. También cuando se cargan los tintes dramáticos o sobrevienen las explicaciones del pasado de Roberto y sus traumas personales vinculados a un episodio penoso de la historia argentina.

Ricardo Bedoya

2 comentarios:

Anónimo dijo...

No he visto la película aún, pero por la descripción ¿no se parecería en algo a Gran Torino?

Anónimo dijo...

No amigo, Darin esta cada vez mejor. El Gran Torino es una pelicula del buen Clint en su etapa crepuscular, que no es el caso de Darin.